Funerales pt. 4 Fernanda sin su luz
I.
"No, mira, José, para que en tu negocio puedas mantener un correcto flujo de efectivo, y así puedas mantener rentable la inversión que tienes tanto en activos como en mercancías, tienes que controlar tú mismo las compras y todos los demás gastos, además de conseguir el mayor plazo posible para el pago de tus deudas." Por la forma en que hablaba, se notaba que Antonio era profesor de administración o economía o algo por el estilo. Y aunque se notaba a leguas, él mismo solía traerlo a colación siempre que la conversación se prestara para ello. Y aquella tarde en aquella pequeña sala, sin duda se prestaba para hacer alarde de todos los conocimientos que tenía, para no quedar en ridículo frente a la familia.
II.
Había junto a la pared al fondo de la sala, al lado de una televisión enorme y debajo de un espejo de igual tamaño, una caja alargada sobre una base hecha de barrotes que quedaba cubierta por una tela rojiza un tanto descolorida. La gente pasaba a su lado sin reparar demasiado en ella. Algunos incluso tropezaban con ella por error. Como esas piezas de mueblería a las que aún no te acostumbras a ver en tu camino. Lo bueno que estaría allí solo hasta la mañana siguiente. O si tenían suerte, se la llevarían esa misma tarde.
III.
Nadie salvo alguien muy observador habría notado que aquella extraña reunión no era una comida, una carne asada, como se suele decir, sino un velorio. Estaba allí reunida toda la familia E... o mas bien dicho, toda la familia que quiso hacer el viaje de dos horas hasta Ensenada para velar a la abuela de la familia. La vista era curiosa. Por aquí, los tíos cerveza en mano dialogando animadamente sobre sus últimos logros, política y otras cosas importantes...por allá, las tías convenciéndose unas a otras de porqué las primas deberían dejarse cortejar por fulanito de tal, y aprovechando la ocasión para introducir en la plática algo de lo que estaban orgullosas de sí mismas. Más allá, los primos y primas, aislados, quejándose mutuamente de no haber podido zafarse de asistir a dicha reunión, y mandando mensajes de texto o revisando facebook desde sus celulares modernos. Y en el fondo de la estancia, Fernanda de la Luz dentro de su cajón. A su alrededor, un cúmulo de fotografías viejas en las que nadie reparaba. En una aparecía sonriente con un cheque en mano, en otra junto a algunos nietos que la rodeaban sin tocarla, en otra aparecía sola afuera de una enorme casa con una expresión ya un tanto decrépita, con manchas en la piel y sin sonrisa de por medio. Si te fijabas bien, no eran mas de cinco fotografías, impresas en distintos tamaños para dar la impresión de que se trataba de una pequeña multitud.
Sentada en el sillón de al lado de aquella caja de cedro estaba A, la hija mayor, la más responsable con ella y, quizá por eso mismo, la que peor trato recibió de su madre. Tenía la mirada puesta en el sofá vacío frente a ella. Estaba ahí presente esa tarde sin saber exactamente la razón. Tal vez mitad por amor, mitad por educación u obligación; pero ahí estaba, incluso ahora con ella ya muerta, más cercana a su madre que el resto de sus hijos. Alguien le ofreció un vasito de tequila, que ella rechazó. Alguien se sentó a su lado con expresión reflexiva e intentó comenzar a hablar de negocios; ella guardó silencio. Luego, el mas osado le preguntó por el resto de su familia, ya que A llegó ahí acompañada solo por uno de sus hijos y sin su esposo. Ella buscó alguna respuesta evasiva y poco comprometedora, y se levantó por un par de tacos. Su esposo y el resto de sus hijos estaban esperándola en la minivan a la vuelta de la esquina para, dentro de un rato, pasear como familia por alguno de los muelles cercanos, lo que era el propósito original de la visita a Ensenada aquel fin de semana. La muerte de la abuela fue solo una curiosa coincidencia. Salió de la estancia. Afuera, escuchó a sus hermanos discutir acaloradamente lo que uno tiene que hacer en éstos días para garantizar la rentabilidad de sus inversiones, mientras, los más rojos por el alcohol, guardaban silencio solemne de cara a la calle y silbaban a las chicas que pasaban por ahí. Comió. La carne sabía bien; comió hasta llenarse.
Luego de un rato, el mayor de sus hermanos varones, ya bastante borracho a ésas alturas, se puso en pié y se dirigió al pequeño gentío ahí reunido. Era hora, según dijo, de hablar de negocios. Específicamente, había que aprovechar que estaban todos reunidos para hablar de la herencia. Repartirse el botín. A.. pensó en esas películas de piratas que había visto junto a sus hijos y sonrió tímidamente. Los muchachos habían prometido pagarle un paseo en bote. Era hora de irse.
"No, mira, José, para que en tu negocio puedas mantener un correcto flujo de efectivo, y así puedas mantener rentable la inversión que tienes tanto en activos como en mercancías, tienes que controlar tú mismo las compras y todos los demás gastos, además de conseguir el mayor plazo posible para el pago de tus deudas." Por la forma en que hablaba, se notaba que Antonio era profesor de administración o economía o algo por el estilo. Y aunque se notaba a leguas, él mismo solía traerlo a colación siempre que la conversación se prestara para ello. Y aquella tarde en aquella pequeña sala, sin duda se prestaba para hacer alarde de todos los conocimientos que tenía, para no quedar en ridículo frente a la familia.
II.
Había junto a la pared al fondo de la sala, al lado de una televisión enorme y debajo de un espejo de igual tamaño, una caja alargada sobre una base hecha de barrotes que quedaba cubierta por una tela rojiza un tanto descolorida. La gente pasaba a su lado sin reparar demasiado en ella. Algunos incluso tropezaban con ella por error. Como esas piezas de mueblería a las que aún no te acostumbras a ver en tu camino. Lo bueno que estaría allí solo hasta la mañana siguiente. O si tenían suerte, se la llevarían esa misma tarde.
III.
Nadie salvo alguien muy observador habría notado que aquella extraña reunión no era una comida, una carne asada, como se suele decir, sino un velorio. Estaba allí reunida toda la familia E... o mas bien dicho, toda la familia que quiso hacer el viaje de dos horas hasta Ensenada para velar a la abuela de la familia. La vista era curiosa. Por aquí, los tíos cerveza en mano dialogando animadamente sobre sus últimos logros, política y otras cosas importantes...por allá, las tías convenciéndose unas a otras de porqué las primas deberían dejarse cortejar por fulanito de tal, y aprovechando la ocasión para introducir en la plática algo de lo que estaban orgullosas de sí mismas. Más allá, los primos y primas, aislados, quejándose mutuamente de no haber podido zafarse de asistir a dicha reunión, y mandando mensajes de texto o revisando facebook desde sus celulares modernos. Y en el fondo de la estancia, Fernanda de la Luz dentro de su cajón. A su alrededor, un cúmulo de fotografías viejas en las que nadie reparaba. En una aparecía sonriente con un cheque en mano, en otra junto a algunos nietos que la rodeaban sin tocarla, en otra aparecía sola afuera de una enorme casa con una expresión ya un tanto decrépita, con manchas en la piel y sin sonrisa de por medio. Si te fijabas bien, no eran mas de cinco fotografías, impresas en distintos tamaños para dar la impresión de que se trataba de una pequeña multitud.
Sentada en el sillón de al lado de aquella caja de cedro estaba A, la hija mayor, la más responsable con ella y, quizá por eso mismo, la que peor trato recibió de su madre. Tenía la mirada puesta en el sofá vacío frente a ella. Estaba ahí presente esa tarde sin saber exactamente la razón. Tal vez mitad por amor, mitad por educación u obligación; pero ahí estaba, incluso ahora con ella ya muerta, más cercana a su madre que el resto de sus hijos. Alguien le ofreció un vasito de tequila, que ella rechazó. Alguien se sentó a su lado con expresión reflexiva e intentó comenzar a hablar de negocios; ella guardó silencio. Luego, el mas osado le preguntó por el resto de su familia, ya que A llegó ahí acompañada solo por uno de sus hijos y sin su esposo. Ella buscó alguna respuesta evasiva y poco comprometedora, y se levantó por un par de tacos. Su esposo y el resto de sus hijos estaban esperándola en la minivan a la vuelta de la esquina para, dentro de un rato, pasear como familia por alguno de los muelles cercanos, lo que era el propósito original de la visita a Ensenada aquel fin de semana. La muerte de la abuela fue solo una curiosa coincidencia. Salió de la estancia. Afuera, escuchó a sus hermanos discutir acaloradamente lo que uno tiene que hacer en éstos días para garantizar la rentabilidad de sus inversiones, mientras, los más rojos por el alcohol, guardaban silencio solemne de cara a la calle y silbaban a las chicas que pasaban por ahí. Comió. La carne sabía bien; comió hasta llenarse.
Luego de un rato, el mayor de sus hermanos varones, ya bastante borracho a ésas alturas, se puso en pié y se dirigió al pequeño gentío ahí reunido. Era hora, según dijo, de hablar de negocios. Específicamente, había que aprovechar que estaban todos reunidos para hablar de la herencia. Repartirse el botín. A.. pensó en esas películas de piratas que había visto junto a sus hijos y sonrió tímidamente. Los muchachos habían prometido pagarle un paseo en bote. Era hora de irse.
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