Observaciones sobre una pista de trote

Desfilan todos juntos, un grupo de unas cincuenta personas en procesión que se resiste al paso del tiempo inevitable. Los mas amables conversan animadamente sobre sus respectivas dolencias, achaques y demás. Los mas huraños caminan ensimismados con su Ipod. Rondan todos una edad que me hace pensar que no tienen mucho más en que ocupar las horas que en madrugar y soportar el frío y el incipiente tráfico vehicular de las seis de la mañana. Algunas amas de casa con cierta desilusión en la mirada, algunos jubilados con la expresión bonachona que uno comunmente encuentra en la tercera edad, y algún gruñón. Caminan todos en la misma dirección, como dirigiéndose a un mismo sitio inexistente, una meta que nunca se alcanza, como metáfora cruel de la existencia, donde todos vamos al mismo sitio. Parecen soldados marchando, librando sus batallas personales contra la artritis, el colesterol, la diabetes, el insomio, o simple y sencillamente el aburrimiento. Y seguramente todos son o fueron exitosos, porque todos llegan en sus autos de último modelo, que abordan con la misma expresión de cansancio que tenían al llegar a ésta pista, que se convierte a ciertas horas en el último campo de batalla dónde librar una guerra interminable que comienza con un descontento constante frente al espejo, y termina con una frustración permanente dentro de un ataúd.

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