Calles de por aquí

Una tranquila tarde de esas últimas de enero. Fría como todas, pero no tanto. En la calle, los rescoldos de las lluvias de hacía dos semanas: charcos y lodo. Algunos perros ladrando y un aroma general de putrefacción. Estas calles dan la impresión de guardar algún peligro en cada esquina. Tienes que caminar rápido, con rumbo fijo, detenerte lo menos posible, sin fijar la vista en nada, pero al tanto de todo a tu alrededor. Estas calles te hacen sentir ínfimo, insignificante. Como una presa. Con la certeza de que hay algo siempre al acecho. No sabes en que casa, en que esquina. Podría ser en todas, podría no ser ninguna. El sol las baña, pero sin convicción, sin adornar nada, sin embellecer nada. Los gatos y los perros se dan cita puntual en los botes de basura de las casas que los tienen, o en los montículos de desperdicios que hay afuera de las que no pueden pagar uno. Pasas inadvertido entre ellos, que no separan la vista de su fétido banquete. Las calles te infunden tristeza. Desconsuelo, desencanto. Como si aquella gente viviera ahí solo por tener que vivir en algún sitio. Apenas oyes un pájaro cantar. Como si ni ellos sintieran ganas de estar ahí. Hay viento leve, que mece las ramas de los árboles altos sólo por inercia. Es helado y lo sientes rasparte la garganta con cada respiro. Es un lugar único en cierto sentido. Sólo estando ahí he sentido físicamente que cada segundo que pasa estoy mas cerca de la muerte.

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