Eduardo C, dos historias sicodélicas

Sonaba un ladrido en la escala de sol. Una tía se mecía en su silla en la terraza con sus pies dentro del agua caliente. Lo gritaba a Eduardo C algo sobre el agua que hervía en alguna estufa. Era hora del té. Eduardo C pensó en la silla que crujía lastimeramente. Apenas soportaba el peso de su enorme tía. La pobre silla. Pensó en el té conforme se acercaba a la estufa, donde la tetera siseaba como un tren con afonía. Pensó en los trenes, en las pobres vías que soportaban el peso  de esas enormes máquinas. Las pobres vías. Pensó en un viaje. Sin destino ni retorno. Sirvió el agua en la taza, luego puso el té. Pensó en la tarde y en la pintura que pretendía adornar la pared del extremo opuesto. Una horrenda pesadilla impresionista con un campo de trigo y unas sillas. Alguien chocó unas copas en la cocina. Eduardo C sintió que alguien sonaba un címbalo dentro de su cráneo. Sintió que le tomaban la cabeza con ambas manos y la estrellaban sin piedad contra los platillos de alguna batería. Pensó en esas maravillosas canciones que conocía, luego trató de recordar algunos poemas que había leído. Alguien destapó algo, lo supo por el sonido del corcho al salir, y por el aroma que inundó la estancia. Vino. Vino entrando por sus fosas nasales, en dirección a su estómago, a sus intestinos, a sus venas. Escuchó una voz ofreciéndole una copa, pero Eduardo C no se molestó en voltear. Aquella pintura lo tenía anonadado. A lo lejos oyó al perro que ahora chillaba en do menor. Luego a su tía ladrando a dueto. Distinguió que gritaba su nombre, pero aquella espantosa pintura y el aroma del vino lo tenían absorto. La voz fue perdiendo calidad hasta oírse como esas grabaciones en discos enormes y negros de los que solo había oído hablar a sus abuelos. De repente la tierra se meció y el suelo crujió bajo sus pies. El apocalipsis por fin, pensó. Pero en su lugar distinguió pisadas que se iban acercando, una tras otra con lentitud exasperante. A su lado, su tía estiraba su mano como un tentáculo enorme de los que no hay escapatoria, y le arrebataba la taza de la mano. Oyó que balbuceaba algo con voz ahogada, como si viniera del fondo de algún océano. Pensó en ahogarse. Lo siguiente que supo fue que le tiraban el agua ya fría en la cara. Pensó en la lluvia. Luego, una bofetada que casi le arranca el alma, pero aquella pintura no lo dejaba ir. Eduardo C pensó en el dolor.

II.

La luz proyectaba sus sombras infinitas sobre el techo. Cada haz de color distinto, danzaban como esas luces boreales de los rincones del planeta. Ella sacó su pañuelo del bolso y restregó sus anteojos. Bebió un sorbo de aquello que ya casi terminaba en su vaso. La gente platicaba en la habitación, y también se oía el eco de una música ensordecedora saturar el ambiente hostil que se respiraba. Las mujeres en hilera frente a la pared como esos desgraciados que esperan a ser fusilados. Los hombres a la caza. Ella cierra sus ojos y pide para sus adentros que si llega su turno, disparen pronto. Solo quiere que aquello termine rápido, cuanto antes mejor. Se imagina lejos. Donde? Hace una lista mental por orden alfabético y comienza por el último: Zimbabue. Respira profundo. Africa siempre es un gran riesgo, piensa. Mientras, se imagina cruzando la sabana y quizá esquivando algunas balas y una que otra enfermedad mortal.

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