Funerales pt. 1
Imagínate enterrar a alguien. Alguien querido pero no muy cercano. Alguien, por ejemplo, que fue amigo de la familia por cierto tiempo, pero al que mirabas una o dos veces por semana durante un par de horas. Imagina la sensación de haberlo visto en cama por días. Haberlo oído tratar de murmurar algo que no entendías. Haber visto su mirada perdida tratando de encontrar algo que no podías adivinar. Estar sentado a su lado en la cama mientras su esposa dormía un par de horas en la madrugada, reponiendo algo de fuerzas que se le escapaban cada vez mas rápido, un poco debido a la edad, y mucho debido a lo que ha tenido que soportar los últimos días. Imagina que le hablas con la misma familiaridad con la que le hablabas antes, torpemente esperando la misma respuesta jovial. Y nada. Lo miras fijamente y sientes su tristeza. Nunca habías visto sus piernas, y es más delgado de lo que hubieras imaginado. La piel manchada de morado. Le tomas la mano derecha solo para tratar de saludarlo con cierta solemnidad inútil y la sientes mortalmente fría. Se mueve de súbito y busca a tientas algo. Tú miras alrededor sin averiguar que es. El toma una pequeña rana verde de peluche con algo escrito y la mira perdidamente, como pensando algo pero al mismo tiempo no. Le prestas atención a lo que dice: “Te queremos abuelito”.
Haberlo visto en el velorio pocos días después. Irreconocible. Viste su mejor traje, perfectamente rasurado y peinado, incluso su piel se mira mas viva gracias al maquillaje. Las manos juntas sobre su vientre encima de un objeto verde que te resulta familiar: la rana. Algo se te oprime en el pecho. Piensas en que de alguna manera pasaste con el los momentos exactos. La viuda sobre el sillón. La miras y proyecta una sensación extraña, la horrible mezcla entre descanso y profunda tristeza. Llora quedo.
Todo termina en el cementerio. Sientes que la multitud de tumbas entre las que caminas te saludan de alguna manera, te dan la bienvenida formando un pasillo silencioso y solemne. Llegas a la que te atañe y el silencio se vuelve mas pesado. Hasta entonces nunca lo habías sentido tan incomodo. Todos se reúnen y, calladamente, los que no han ido ahí por compromiso le dan la despedida para si mismos. Un grupo de adolecentes ríen en un extremo mientras miran un celular y se toman fotografías. Finalmente lo bajan. Cierras los ojos porque sabes que si sigues mirando, te parecerá que de alguna manera siempre se está yendo, que su travesía hasta el fondo de la fosa nunca termina. Y no lo quieres recordar así. Miras a la viuda pacifica en su silla, resignada. La opresión en tu pecho se intensifica, pero ahora todo ha terminado. Te das la vuelta y te alejas vigilando donde pisas.
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