N
La hora, alrededor de las seis de la tarde. Las seis con veinte, para ser mas exactos. En el camión de la ruta ocho viajaban a esa hora unas quince personas, entre jornaleros manchados de yeso, colegiales uniformados y algún enfermero recién salido de los hospitales cercanos. Uno puede distinguirlos por la clase de uniforme que usan: los de los hospitales de mayor caché utilizan uniformes más vistosos, a veces floreados o de otro color menos muerto o menos medicinal que el blanco, que usan los de los hospitales de asistencia social. La ruta ocho pasa por las calles aledañas al hospital numero veintiseis, específicamente por la General Longoda y a la izquierda por la calle Zergio Ríos; y es en ésa esquina donde ésta tarde que nos atañe abordó la señorita N. Ella, tendrá entre veintidós y veinticuatro años, y cursa algún semestre que desconozco en la Escuela de Artes de la Universidad Estatal, a juzgar por las leyendas que porta en la camiseta de uniforme que siempre viste. Carga con un bolso repleto de libros y maquillaje, y a veces con algún tubo para cartulinas, otras un gran rotafolios, donde a veces puedo observar algunos trasluces de bocetos a lápiz o plumón. No es precisamente bonita, pero no poco agraciada tampoco. Su atractivo reside, tiendo a creer, en la parte espiritual que la rodea. Y es densa.
A veces sube con el teléfono celular entre su hombro y un oído, charlando y sonriendo, al tiempo que hace malabares con su carga para pagar su pasaje. Su cabello corto hace muy notoria su sonrisa, que denota sinceridad y sensatez. Se sienta siempre en el tercer asiento de la izquierda, junto a la ventana, y no deja de hablar durante todo el camino, hasta que se baja casi al final de la ruta. Nadie nunca escucha ni un susurro de lo que dice, pero, a juzgar por sus gestos y su apariencia general, la charla siempre es animada, no parece afectarle el ruido que produce el motor del transporte ni los gritos y demás risotadas que en ocasiones lanzan los colegiales a bordo. Tampoco la insoportable música que a veces suena en la radio. Nada.
Ése día yo viajaba sentado en el último asiento del camión, justo al lado de la puertecilla para el descenso, embebido en la lectura de un libro pequeño que había comprado ese mismo día. Levanté la mirada para descansar la vista un poco y estirar el cuello, cuando miro que la señorita N, que ya había abordado el camión, se apartó el teléfono del oído con brusquedad y prácticamente lo arrojó dentro de su bolso. Acto seguido, y con cierto aire de desconsuelo, apoyó su cabeza en el enorme ventanal que tenía a su izquierda. Algo de la escena captó mi atención, y no regresé a mis lecturas.
La ruta ocho, casi a la mitad del trayecto, pasa por un tramo del bulevar Yáñez, donde hay un puente para quienes transitan de naciente a poniente y de regreso, mismo que los camiones pesados tienen prohibido tomar; orden que, claro está, todos desobedecen ante los constantes embotellamientos que se presentan en la zona. Aquella tarde, entonces, el camión subió el puente, y justo cuando iba en su punto mas alto, alcancé a notar como la señorita N se puso de pie, jaló la perilla en ademán de abrir el ventanal, y sin pensarlo dos veces, se arrojó abajo, cayendo desde una altura de unos 8 o 10 metros. Los 3 pasajeros restantes solo alcanzamos a oír el chirriar de los neumáticos a lo lejos, y algún golpe ahogado. El chofer decidió evitarse problemas y no detenerse al bajar el puente, y siguió por la ruta normalmente. Yo traté de borrar la imagen de mi mente, y volví a sumirme en mi lectura. Faltaban alrededor de quince minutos para llegar a mi destino.
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