Noches

I.

Cerró los ojos, y contempló extasiado el silencioso espectáculo de su propia miseria. Desfilaron en su mente imágenes grises de oportunidades desperdiciadas, de soledades infinitas, de noches en vela interminables e imposibles lapsos de locura, de ratos en los que el sentido le era esquivo. Pasaron también algunas fotografías de esas noches en las que, revolcándose en la cama como un bebé, lloró amargamente por diversos motivos, siendo el dolor y un profundo sentido de abandono la única constante desafortunada. Y no faltaron los vistazos fugaces a la efímera alegría que en algunos momentos le brindó la ilusión. Por breve que ésta fuera. Y en mediod e tales divagaciones, le llegó la madrugada, y con ella, el dolor recurrente en el cuello y la espalda, y la hora de levantarse y lidiar con otro de esos días en los que todo, y en especial el dolor, parece no tener fin.

II.

Era la tercera hoja que arrancaba con fiera energía de la vieja máquina de escribir, y corrió la misma suerte que sus antecesoras: terminó hecha bola en el fondo del bote de basura azul. Contenía algunos versos sobre ella, un tema que se le había vuelto costumbre desde hacía ya unos cuantos meses. Eran versos francamente malos... algo sobre el mar, lo infinito del cielo, etcétera. Nada, le pareció, que ella, con toda su belleza y encanto de notar a leguas, no hubiera escuchado o leído antes de algún enamorado con un mínimo de imaginación. Trató de imaginarse algo nuevo, algo impactante de verdad, y se echó a dormir. Aquella noche tuvo pesadillas.

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