Delirio I
Yo la conocí quizá en algún bar, o en alguna fiesta. O quizá no la conozco. Ella no cree ser sicópata, pero yo creo que lo es. Es decir, tiene la suficiente imaginación para torturar como se debe, para hacer sufrir. También es solitaria, siempre en observa, con su mirada como diciendo "a este deberíamos cortarle ésto, a aquel aquello". Cosas así. Ella quizá trabaja en un lugar donde los jefes no son un encanto. Uno es un tipo muy gordo, imposibilitado para cualquier labor que le exija moverse un par de metros en cualquier dirección. Y para todo lo demás está ella. Es casi el tipo perfecto para echar a volar sus instintos imaginarios. Pasa largas horas pensando en qué le harían personas como Ted Bundy: en qué intentarían freírlo, diluirlo o deshacerlo. Y de repente, una nueva orden la trae de regreso a la desagradable realidad. El cerdo tiene sed, hay que traerle agua.
Llegada cierta hora, ella escapa. el reloj checador le rompe las cadenas por el día al menos, y ella se lanza feroz a la calle, a un nuevo encuentro con la insulsa gente del transporte público. Los mira reír. Los más ilusos, enamorados. Los más prácticos, durmiendo. Los más idiotas, utilizando el celular. Y como sonido, la tortura auditiva de la música autóctona del norte del país. Escucha a esos torpes hablando de tirar balazos y ligar morritas. Alguien debería tener la decencia suficiente para asesinarlos. Ella se sienta y cierra los ojos. Imagina que no está ahí, que toda esa gente no existe. Que no existe nadie, solo ella y su instinto asesino que se vuelve inútil. Y ella que quiere matar? Hace una lista mental en orden de importancia. Quizá ella esté en el primer lugar, quizá en el último. El camión da un brinco y su cabeza se golpea contra la ventana. El fétido aroma del perfume de la preparatoriana sexy sentada al frente entra por su nariz y le golpea hasta el estómago. Esta de inmediato revisa sus redes sociales y su maquillaje, en ese orden. Genial, todo sigue en su debido lugar.
Sicópata cierra los ojos de nuevo, y ésta vez duerme por diez minutos, cinco más de los que debería. Se baja tres bloques después de sup arada habitual. Bueno, piensa... ésta pesadilla debe continuar...
Llegada cierta hora, ella escapa. el reloj checador le rompe las cadenas por el día al menos, y ella se lanza feroz a la calle, a un nuevo encuentro con la insulsa gente del transporte público. Los mira reír. Los más ilusos, enamorados. Los más prácticos, durmiendo. Los más idiotas, utilizando el celular. Y como sonido, la tortura auditiva de la música autóctona del norte del país. Escucha a esos torpes hablando de tirar balazos y ligar morritas. Alguien debería tener la decencia suficiente para asesinarlos. Ella se sienta y cierra los ojos. Imagina que no está ahí, que toda esa gente no existe. Que no existe nadie, solo ella y su instinto asesino que se vuelve inútil. Y ella que quiere matar? Hace una lista mental en orden de importancia. Quizá ella esté en el primer lugar, quizá en el último. El camión da un brinco y su cabeza se golpea contra la ventana. El fétido aroma del perfume de la preparatoriana sexy sentada al frente entra por su nariz y le golpea hasta el estómago. Esta de inmediato revisa sus redes sociales y su maquillaje, en ese orden. Genial, todo sigue en su debido lugar.
Sicópata cierra los ojos de nuevo, y ésta vez duerme por diez minutos, cinco más de los que debería. Se baja tres bloques después de sup arada habitual. Bueno, piensa... ésta pesadilla debe continuar...
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