Centro
Bajas del camión del transporte público e inmediatamente lo percibes: algo en las calles de por aquí da la sensación de estar en perpetua putrefacción. De siempre estar deteriorándose. En parte es por el olor, en parte el calor que emana de los burdeles y los restaurantes de poca monta que plagan el lugar. De las tiendas, de las iglesias, de las esquinas. De cada uno de los edificios que parecen tener siglos ahí erguidos, atestiguando una ciudad cuya decadencia comienza por ahí, por su centro. La línea de los bulevares que convergen dibuja una tenue separación que, axialmente, da a luz a la ciudad moderna que se tiende hacia el este, y hacia el oeste y hacia el sur. Hacia el norte, otra cosa; de la que nos separa una cerca que nadie se molestó en pintar. Aquí se agolpan algunos contrastes. Tiendas de ropa para niños, tiendas de adultos, lugares de donde salen los camiones, lugares a donde llegan, tiendas del deportes, tiendas del ejército, tiendas de perfumes, farmacias. Y hoteles, demasiados hoteles. En algún parque cercano, la vista casi bohemia de una pequeña muchedumbre de mariachis esperando el contrado del día mientras terminan de beberse las ganancias del anterior, afinando sus guitarras, tanteando los acordeones, limpiándose las botas. Todos como haciendo guardia a los pordioseros que aprovechan el último fresco de la noche para descansar a la sombra de las palmeras débiles y el césped precario. Sientes la desesperanza latente, cierta resignación de la gente que no aspira a nada más porque no quiere. Por las aceras,los primeros boleros preparando sus sillas para dar brillo a los zapatos de la gente que da los primeros pasos del día.
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