Tres microhistorias inconclusas

I.


Duré horas viendo marcharse camiones de rutas que nadie jamás tomaba. Decidí tarde marcharme y caminar por las calles casi vacías. En la acera de enfrente, ella, vestida de rojo, lo besa con sinceridad y sencillez; con la ligereza de una niña un poco tímida. El viento corre ni frío ni fuerte, pero las hojas de mi libreta revolotean como pájaros indecisos en el atardecer gris y agradable. Ellos recorren la avenida charlando tomados de la mano, el vestido de ella meciéndose como bandera caminante.





II.


Él se deshace en miradas que ella pretende ignorar, pero, para sí, en secreto, arde. Comparten un mismo asiento y un mismo Ipod, mezcla que, si bien no es de lo más romántico, no hace mas que unirlos en un mismo espacio, en un mismo tiempo. Él le canta al oído algo que no alcanzo a escuchar. Ella tiembla sin disimularlo. Poco a poco, como no queriéndolo, él se inclina a su hombro, como los amantes cuando buscan refugio. Ella pretende escapar, pero está entre él y la ventana enorme. Y lo ama; un poco sin querer, un poco por accidente, pero así es. Para él eso basta. Llegamos a una esquina y de súbito se despiden en un beso fugaz pero efectivo. Ella baja y, afuera, neumáticos chirrían y se oyen ruidos sordos de un golpe y gente corriendo.





III.





El redondeo es lo último que me preocupa, piensa mientras la cajera del supermercado le pregunta si desea donar unos centavos para alguna causa benéfica. Lo que sea. Sólo quiere poder largarse de ahí con aquella pequeña libreta y el paquete de plumas en especial para poder escribir lo que bulle en su cabeza desde la mañana. Se siente desgraciado, luego torpe. Como si todos los demás fueran felices y merecieran serlo, excepto él esa tarde. Se siente cobarde, y se refugia en lo primero que encuentra. Algún libro rápido le cruzó la mente como primera opción, pero no encontró ninguno, así que optó por la libreta y el paquete especial de tres plumas de colores. Esto es justo lo que necesito, pensó con cierta desesperación y sordidez y, porqué no, cierta amargura. Sobre todo amargura. Se sentó en una banca de aquel centro comercial, donde estaba esta chica en el otro extremo. Se sintió solo, pero siempre se sentía solo. Comenzó a escribir luego de batallar mucho para poder abrir el paquete. Las palabras brotaban sólas, una tras otra, como un torrente imparable, como el cauce de un río a punto de desbordarse, atravesando una tormenta. Esta chica no paraba de mover una rodilla nerviosamente. Daba la impresión de estar esperando algo. O a alguien. Derramó una lágrima sobre el papel, luego otra. La chica lo notó y titubeó un instante. Hizo ademán de querer acercársele, pero luego le volvió la espalda, porque en ese instante pasaba por enfrente un tipo muy atractivo. Levantó la mirada y se sintió mas desgraciado aún, indigno hasta de su propia miseria. Eso le dió un poco de risa, pero no la suficiente. Después de todo, todo ha terminado, pensó, y cuando todo termina, tampoco queda nada de lo que lamentarse. Bah...

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